"Vivir", de Akira Kurosawa.
La participación del ciudadano
en los asuntos de su ciudad.
SIEMPRE he considerado a Kurosawa un antropólogo
antes que un director de cine. Sobre todo, porque a lo largo
de la historia hay personajes que son capaces de desentrañar
los misterios de la condición humana, de conocer a este
homínido hasta el más profundo rincón de
su alma. Además, suelo dejarle un lugar preferente en
mi panteón personal de directores-fetiche. Creo que entre
otras cosas, deslumbró al cine occidental por algo sencillo,
demostró que el hombre se diferencia poco en las conductas
básicas, enseñándonos que determinadas necesidades
psicológicas son universales: tanto en oriente como en
occidente.
"Vivir", es una de sus películas
que reviso periódicamente y sin duda alguna mi favorita
de su extensa filmografía. Narra la historia de Kanji
Watanabe, Jefe de Sección de los Ciudadanos de un ayuntamiento,
a punto de jubilarse, que vive de forma absolutamente mecánica,
alienado por una administración fuertemente burocratizada
y jerarquizada. La primera imagen de la cinta, nos muestra
una radiografía que es acompañada por una frase
que atrapa al espectador desde el primer segundo: "Este
es el estómago del protagonista de esta historia, se
aprecian síntomas de cáncer de estómago
en el cardia
s, pero aún, él no lo sabe".
Cuando lo descubre, gira radicalmente su inútil vida
y decide entregarse en cuerpo y alma a una causa, a resolver
un problema de aguas insalubres en un barrio de la ciudad y
transformar el espacio contaminado en un jardín. Es
decir, su vida cobra sentido cuando decide aportar algo de
belleza al mundo y proteger a parte de la ciudadanía
en un acto heroico que le hace enfrentarse "solo" a
la absurda maraña de la administración.
Y nosotros, ¿dónde
estamos? ¿Qué pasa
con este pueblo sin gobierno? ¿Qué podemos hacer
en esta ciudad que vive una dulce decadencia? ¿Abandonarla? ¿Se
acabará convirtiendo en la ciudad-decorado para los
turistas? ¿Seguirá siendo
este Casco cada día más degradado un parque temático
de día y un botellódromo de noche?
A veces pienso que los mundos que Franz Kafka nos describe
en "El
castillo" o en "El proceso", no son otra cosa
que una clara descripción de lo absurdo y surrealista
que nos toca padecer cada día: una administración
deshumanizada y en la que el blindaje de "t-r-a-b-a-j-o-p-a-r-a-t-o-d-a-l-a-v-i-d-a",
salvo honrosas excepciones, se convierte en un fin en sí mismo,
en lugar de ser un medio para poder trabajar con calidad
y sin el miedo del posible libre albedrío laboral
del político
de turno.
Al final, este gesto de egoísmo vuelve con
un poderoso "efecto
bumerang" y la falta de generosidad del individuo retroalimenta
la frustración, la ansiedad y la insatisfacción.
Y así vivimos, en un círculo vicioso de deserción
de participación social, excepto en los bálsamos
del pensamiento único: fútbol, el as, el marca,
operación triunfo, salsa rosa, gran hermano, el centro
comercial que ya sustituye a la plaza pública y, últimamente,
el automovilismo del que los ciegos del "pan y circo" conocen
escuderías, neumáticos, circuitos y celebran
por todo lo alto los éxitos del nuevo galardonado
con el "Príncipe
de Asturias" (qué bajo ha caído este premio)
y así sucesivamente.
Pero así somos. Podemos vivir soñando que las cosas
cambiarán, que Toledo será una ciudad ideal en
el futuro, que resolveremos nuestros problemas de sociedad opulenta,
pero mucho me temo que la única solución para vencer
el pulso a la inercia de la degeneración pasa por nuestra
implicación colectiva en los asuntos que nos preocupan.
Y como buenos mediterráneos, nos caracterizamos por hablar
mucho y actuar poco. Si seguimos aferrándonos a ideas
como la que defiende que "la solidaridad bien entendida
empieza por uno mismo", (fruto de la semilla del individualismo
capitalista), tarde o temprano recogeremos la cosecha de nuestra
siembra, sólo es cuestión de tiempo.
Espero que no sea demasiado tarde y que nos demos cuenta
de que no tenemos otra alternativa para el desarrollo coherente
de Toledo que la participación. Tenemos que comprender que participar
es aprender a pedir en una primera fase y aprender a exigir en
la definitiva. Si no, puede pasarnos como al señor Watanabe,
que un día nos demos cuenta de que hemos tirado una vida
a la basura amparados en un ideario trivial y vacío, cuando
lo importante es "vivir".