Pluralismo y Libertad: Botellón
OCTUBRE 2005.
ME VOY A APARTAR por un momento de la descripción del
botellón, del hecho flagrante de la violación de
derechos fundamentales que padecemos quienes tenemos que soportarlo
aun hoy y todavía por los próximos meses; de que
muy pocas cosas hay por ahí en las que la agresión
sea tan repetida, tan conocida y tan fija y disciplinada como
la del botellón a los vecinos, todos los fines de semana,
a la misma hora, durante años, en los mismos lugares.
Todo tan anunciado que la vergüenza infinita de las víctimas
del botellón sólo es comparable con la digestión
extremadamente delicada que tenemos que hacer para que, una vez
agredidos, nos veamos obligados a velar por el derecho de nuestros
agresores, incluso reconocerlo y defenderlo, como consciente
y positivamente hemos hecho en la propia Comisión que
acordó el borrador de la Ordenanza.
Hay una lucha cultural
en las noches y madrugadas de jueves a domingo en el casco
histórico.
Entre lo singular y lo colectivo, entre la ciudad que se explica
en su individualidad y la ciudad de la cara embrutecida -no exagero,
hablo de hechos después de años de verlo, afrontarlo
y padecerlo-. La masa del botellón no consiente ninguna
diferencia frente a ella. Se enseñorea sobre los derechos
individuales. El botellón persigue y martiriza, ante todo,
al individuo que está en su casa, en su espacio más
singular, personal e inviolable. Esta es la diferencia más
cruda y dramática entre esta masa y este individuo: el
botellón
no atiende a ninguna Singularidad, practica el desprecio absoluto
a la libertad individual y de los derechos de los que lo padecen.
Cuando el botellón se instala en una plaza, a los que
viven en ella les cae la.sentencia del sometimiento Nada se ha
podido saber en la Comisión de la diferencia entre diversión
y sufrimiento; se legisló por omisión, es decir,
que siga la diversión que ya vendrá más
sufrimiento. Los afectados es verdad que lo que queremos es que
se nos quite el problema, y esa etiqueta hemos tenido: los que
hay que quitar el problema de encima. Las siete entidades estuvieron
de acuerdo y es justo reconocerles esta preocupación e
interés. Pero hay una inmensa e incolmable diferencia
entre ser un individuo agredido y ser una masa que consume de
modo masivo y compulsivo y que pasa por encima de todo lo que
el casco histórico puede significar.
El todo vale aplicado al casco hace que reinen las ideas y
las actitudes supra-históricas y absolutas. Claro que también
las democracias tienen riesgo de ser totalitarias: todos tienen
los mismos derechos a disfrutar de todos los modos posibles del
casco histórico, que es justo lo que te dicen en la noche
las personas que hacen botellón -les sigo considerando
personas, aunque en la madrugada me nieguen a mí esa categoría-.
El botellón es un ejemplo dramático de cómo
se refleja la ausencia de inteligibilidad que para muchas personas
tiene la existencia de individuos libres al otro lado de las
puertas y las ventanas de las casas. Si el casco histórico
no se asocia definitivamente a su única dimensión
posible, que no es otra que la cultural, y esta a la existencia
de ciudadanos que hacen de su propia individualidad la explicación
histórica que garantice su continuidad como foro humano,
poco tendremos que hacer. El botellón es una negación
radical de este ejercicio sin el cual ni siquiera es posible
la democracia liberal: la negación de la capacidad de
dar respuestas individuales a cómo puede estar organizada
la sociedad -en este caso, una ciudad-.
¿Para qué tener un casco histórico único
y sin igual en el planeta Tierra? ¿Para qué defiende
Iniciativa la peatonalización, es decir, la expresión
ajustada del viandante individual, el urbanismo a escala humana?
El casco histórico es un contrabalance mundial de los
modos de vivir que hay en el mundo, y es genuinamente europeo.No
es el único, es uno más, pero Precisamente por
esto, es uno, diferente a otros. Queremos que en él tengan
lugar todas las cosas que cualquier otra ciudad, pero un espacio
así no puede ser medido sino con los otros espacios singulares
que hay en otras partes del mundo, lo que hace evidente que hay
actos y actividades que no son posibles en este espacio, que
son incompatibles con su existencia, que necesariamente no puede
albergar, y no sólo por cuestiones de capacidad, dimensión
o anchura de los viales, sino también por lo que significan.
Si para disfrutar del casco histórico los jóvenes
tienen que hacerlo bajo el formato del botellón es palmario
que no es posible - ¿habéis visto el sendero de
inmundicia que hay entre Padilla y Santa Clara, habéis
ido a ver como queda después de la diversión, queréis
ver una ciudad degradada? es fácil, por ejemplo un sábado
a las doce de la noche, y después repetid a las seis de
la mañana-.
Se que lo que ofrezco es una visión
por fuerza parcial, y no niego que necesite el contrapeso de
eso que se llama lo social, cualquiera que sea su significado
ahora. Pero de lo que estoy igualmente seguro es que este significado
no podrá construirse
sin que, al menos por un instante, se tenga en cuenta el valor
de la vida individual contenida en la existencia del casco histórico
y de quienes vivimos en libertad en él. El basta ya que
hemos dado los vecinos era y es doble: no podemos perder así la
dignidad y no puede ser que la pierda la ciudad histórica
tampoco. Todo esto es lo que el botellón niega, erradica
y arrasa. La conexión entre el individuo y la sociedad
no es inmutable, cambia y exige ajustes permanentes, y no hay
formulas fijas para ello, pero lo que peligra en el casco es
la desaparición de la parte individual, de la comprensión
de una clase poderosísima de razones por las que en él
se habita.No se imaginan cuanta gente se marcha los fines de
semana -y que pueda hacerlo, claro- para no sufrir botellón,
entonces sí, entonces las calles y las plazas son convertidas
en puro escenario, decorado con piedras, sin vida dentro. Por
qué no construir entonces una réplica exacta del
casco histórico en algún lado, ahora sí,
masa y simulacro unidos para siempre.
Comprendo que al lado de
esto, un individuo con autonomía
moral, memoria histórica y sentido de la realidad en cuanto
a la libertad se refiere es poca cosa, o peor aún, e insisto
que este es el máximo peligro hoy, es ininteligible. La
impotencia que te crea la marea del botellón a la puerta
de tu casa es de este tipo, pues si pienso esto del casco histórico
y sufro el botellón, lo hago por mi mismo, y no tengo
otra medida si lo que quiero es vivir mi propia historicidad
en la ciudad histórica, en la ciudad que otros seres
humanos antes crearon al pensar sus ideas, elaborar sus conceptos
y vivir su vida en ella.
¿Sabrán los políticos profesionales de Toledo
interpretarlo así?, o estarán más atentos
al procedimiento, confundiendo la justa garantía del derecho
con la reivindicación ciudadana de la irremediable incompatibilidad
entre botellón y casco histórico, o seguiremos
siendo individuos libres a los que parece que ponen en el foco
de sus preocupaciones pero de cuya razón última
estamos excluidos.