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CUENCA
DESPUÉS DE CUENCA
Cuenca
antes de Cuenca, ya merecía ser declarada Patrimonio
de la Humanidad, porque la naturaleza en las eras secundaría
y terciaría conformó las hoces con sus ríos
todavía sin nombre, como la propia ciudad, yerma en medio
de dos abismos. A lo largo de muchos cientos miles de años,
se gestaron el relieve, el clima, la vegetación y toda
la fauna de la que sólo quedan sus restos, petrificados,
y la paradoja de lo que hoy es sierra antes fue agua y fosa marina.
Así llegamos a la era cuaternaria, cuando ya más
sosegado el territorio, aparecen los primeros pobladores ocasionales
depredadores, cazadores y pescadores, o los primeros recolectores,
al abrigo de las cuevas por las márgenes de un río
verde todavía innominado. Algunos restos aislados al construir
el actual Palacio de Justicia, en la cuesta de Escardillo, nos
informan sobre las gentes que construyeron los primeros poblados
en cerros altos y las primeras “Ciudades” Ibéricas
cercanas como Altea, Segóbriga o Lobe???????.
Cartagineses y sobre todo romanos y visigodos reforzaron y crearon
nuevas ciudades: Valeria, Segóbriga, Ercávica. Y
surcaron de calzadas y puentes las cercanías del solar
de lo que luego sería Cuenca. Ni siquiera las vías
secundaría entre Valeria, Egelasta y la zona de la Serranía
discurren por este espacio todavía virgen en el que quizás
sólo se adentrasen los chamanes, antepasados de San Julián.
Con la ocupación musulmana (s.VII al XII) se produce una
nueva situación geopolítica y se reorganiza el espacio:
viejas ciudades como Valeria o Segóbriga van a desaparecer
y es entonces, cuando, debido a su emplazamiento defensivo al
comienzo de la Serranía, nace Cuenca.
Cuenca
se hace Cuenca (s. XII-XVI).
Los musulmanes la eligen como ciudad fortaleza y la organizan
entre las defensas naturales de las hoces, las murallas, el castillo
y el alcázar, las casas se adaptan a la topografía
y Cuenca desarrolla su función fuera de los caminos romanos,
que todavía servían de penetración militar,
transporte y comunicación económica entre Andalucía
y Levante.
La vida económica da los primeros pasos de los que después
va a ser norma: se asienta en la explotación ganadera y
maderera en torno a la serranía, en la agricultura y en
una industria textil que comienza a despuntar.
La conquista de la ciudad por Alfonso VII en 1177, marca el inicio
de su principal rasgo, la creación de la ciudad cristiana
que se superpone a la ciudad musulmana y la amplía en sus
conceptos jurídicos con el Fuero de carácter repoblador:
“Concedo también a todos los pobladores esta prerrogativa
que cualquiera que vaya a vivir a Cuenca, sea de la condición
que sea, esto es, cristiano, moro o judía, libre o siervo,
viaje con seguridad y no responda ante nadie por razón
de enemistad, deuda, fianza, herencia, mayordomía , ¿??????ni
de cualquier otra cosa que haya hecho antes de la conquista de
Cuenca...” (A. VALMANA, El fuero de Cuenca”. Edit
Tormo. Cuenca, 1977.
La Catedral sobre la mezquita, y el traslado de la antigua orden
episcopal y probablemente también de los Populi valerienses
inician la marca del poder eclesiástico, que siempre hasta
hoy, formará parte del paisaje de la Ciudad.
Entre las “700 personas, hombres de guerra, mujeres y niños”
citados en 1172 por el historiador Sahib Al Sala y las 6.000 de
fines del XV, Cuenca ha conocido su expansión económica
y demográfica: la población cristiana, mayoritaria
se organiza según su estatus social en torno a parroquias
con barrios nobiliarios como San Pedro o a pequeñas parroquias
populares, como San Martín y San Miguel; la población
se se articularía en torno a la sinagoga bajo la actual
plaza de Mangana y los arrabales adyacentes, y la población
mudéjar, también minoritaria, como la judía
alrededor de las actuales calles de la Moneda y retiro. Esta convivencia
fructífera se quiebra en 1492 con la expulsión de
los judíos, que cristianiza más, si cabe, la ciudad,
introduciendo además un factor de discordia, con la situación
de los conversos y la implantación de una sede de la inquisición
en la ciudad.
La situación política del momento favorece a Cuenca
que se afianza como un importante centro de industria textil,
burocrático y religioso, llagando a los 15.000 habitantes
del s.XVI. Esta expulsión favorece el fortalecimiento de
importantes casas nobiliarias -Mendoza, Albornoz, etc, -y es el
origen de una incipiente burguesía, del incremento de las
clases populares y posibilita que conquenses ilustres como Alonso
de Ojeda, tengan un importante papel en la aventura americana
o que Alonso Valdés sea figura importante en la cultura
del Renacimiento.
Miguel Ángel Troitiño, un excelente, un excelente
estudioso de la geografía histórica de Cuenca, señala
como el casco histórico el afianzamiento de la Nobleza
y el poder eclesiástico se hace más evidente: a
las 19 parroquias existentes, se unen el Palacio Episcopal, varios
conventos, colegios y el Tribunal del Santo Oficio, el puente
de Sanpedro es una de las obras más importante de su tiempo.
Mientras tanto, la ciudad comienza a rebasar sus murallas, nacen
las áreas populares de San Antón y Tiradores y en
torno al camino real surge la Carretería, que comienza
a aglutinar a la burguesía incipiente.
Cuenca
se traslada a Cuenca (s. XVII-XX).
La decadencia de la ciudad de Cuenca comenzó en el s. XVII,
derrumbándose la industria y la ganadería, con el
consiguiente bajón demográfico. Además las
distintas guerras del s XVII agravan las dificultades económicas
y las crisis de subsistencia, como la conocida del motín
del Tío Corujo, en la puesta de Valencia, inolvidablemente
descrita por Miguel Jiménez Monteserín, el gran
estudios de Cuenca en la edad moderna.
La guerra de la independencia, las guerras carlistas, la desamortización
propician el peor momento para el patrimonio urbanístico
de la vieja ciudad, produciéndose la ruptura definitiva
del antiguo sistema defensivo, derivándose lienzos de
murallas y puertas.
La vida empieza a huir del viejo caso por disfuncionalidad del
emplazamiento defensivo y el proceso de deterioro ante la apatía
ciudadana y la inoperancia de los poderes públicos.
El centro de Cuenca se va desplazando de forma lenta pero progresiva
a la ciudad baja, que conoce importantes transformaciones urbanísticas,
apareciendo edificios singulares como el Palacio de la Diputación.
Llega el ferrocarril y crecen los arrabales de San Antón
y Tiradores, así como los anexos de los cerrillos de S.
Agustín, San Roque y Los Moralejos; se urbanizan las huertas
del Huécar y la ciudad cruza el ferrocarril, debido al
ligero despertar económico que produce el reforzamiento
administrativo de la capitalidad.
El viejo casco languidece, se clericaliza su espacio urbano, el
hundimiento del puente de San Pablo y del de la torre de la catedral
da buena muestra del estado lamentable del patrimonio a finales
del XIX y principios del s.XX..
La descripción de D, Pio Baroja no deja lugar a dudas:
“Cuenca tenía catorce iglesias parroquiales, una
extramuros; siete conventos de frailes, seis de monjas, cinco
o seis ermitas y la Catedral. Con este cargamento místico,
no era fácil que pudiera moverse libremente...” “La
(zona) de Carretería era progresista, la ciudad alta era
perfectamente reaccionaría, perfectamente triste, estancada,
desolada y levítica...).
La ciudad alta, aunque conservaba algunas funciones administrativas,
se convirtió en un espacio residencial popular y marginal;
a mediados de los años cincuenta el desplazamiento definitivo
de la ciudad era un hecho. Sólo determinadas festividades
-Semana Santa, vaquilla de San Mateo- la población “viajaba” a
la parte alta.
El desplazamiento definitivo de la ciudad a la parte baja se
produce por la instalación de los servicios de la capitalidad provincial
en torno al Parque de San Julián, y la consolidación
de la carretera de Valencia como Polígono industrial y
zona residencial. La creación de nuevos espacios diferenciados
como los del Pinar de Jábaga, el Santo del Jucar en la
fuente del Oro, o las nuevas urbanizaciones cercanas a pueblos
como Villar de Olalla o La Melgosa han roto el esquema funcional
de la vieja ciudad histórica, dando lugar a la estructura
urbana difusa actual que plantea un importante reto a la hora
de reunir a todas las Cuencas, incluidas las de sus pedanías,
como Tondos.
Cuenca
después de Cuenca (s.XXI).
Antonio Saura y Millares, pintores bien representados en el Museo
de Arte Abstracto, coinciden desde sus propias visiones en la
figura histórica de Felipe II, como la de “ese monarca
enlutado y funesto, representante del pesimismo, uno de los síndromes
más carismáticos y profundos, del subconsciente
colectivo español”. (Javier Maderuelo, El País,
Arte, 30 Julio 94).
Acercándose de nuevo al noventa y ocho y el s. XXI, me
vienen a la memoria las estampas de la España negra y de
sus intempestivos heraldos, tan de moda en este momento. No es
coma, pues, casualidad que circule por estos días un libro
negro sobre la marginación de Cuenca, que no recoge otra
cosa que el cabreo de muchos vecinos si fuese político
prestaría mucha atención a los problemas que ha
provocado la aparición del libro, porque tantos conquensese
no se pueden equivocar. Nos jugamos el futuro de nuestros hijos,
pero por eso mismo no me gustan para mi ciudad de fines del siglo
los tintes apocalípticos no bimilenaristas, no podemos
dar por buena aunque tengamos muchas razones, “la realidad
como pesadilla insoportable y el sueño como utopía
imposible”.
No entiendo nada de “Cuenca industrial”, la Cuenca
que yo conozco, en la que vivo, es la “antigua” y
me parece que ha llegado el momento de que aprovechemos algo de
ella y su paisaje, de su imaginación que desde la era secundaria
tomó aquí su asiento. La “Ciudad del pasado”
va a mejor, son muchas las iniciativas desarrolladas en este sentido
por diversas corporaciones y diversos gobiernos, no las vamos
a enumerar aquí, porque son del dominio de todos; el camino
emprendido es bueno y la Ciudad “alta” bien puede
ser declarada de la Humanidad. Pero no olvidemos transformar en
el mismo sentido, la otra Cuenca, la que marginó a la que
ahora se recupera, porque los ciudadanos de Cuenca somos sus principales
y primeros usuarios; la ciudad “alta y baja” debe
ser habitable como primera premisa para nosotros mismos, ya que
la humanidad no podrá visitarla si no quedamos conquenses.
Mi
Cuenca favorita.
Mientras oigo “Cathedral song” de Tanita Tikanan pienso
en mi Cuenca favorita arropado por la luminosidad mística
que las nuevas vidrieras han aportado a nuestra Catedral.
Mi Cuenca favorita no es la de los Carrillos, ni la de los Albornoces,
es la del “Licenciado Vidriera”, o la de Enriquez
Gómez, el poeta converso conquense que asistió en
Sevilla a su propio “Auto de Fe” en efigie; mi Cuenca
favorita no es la de Julián Romero, ni la de los otros
héroes de las leyendas, prefiero el Don Diego de la Cruz
de los Descalzos y el final que Enrique Togal dio a su obra: ¡recien
pintado!, mi Cuenca favorita no es la de los funcionarios flotantes
que aterrizan para cumplir ordenes desde la flamante capital autonómica,
es la de ciudad de recupera a los artistas, que nombre a Pacheco
gobernador Civil y a J. Vicente Patón, Delegado de Cultura;
mi Cuenca favorita no es sólo de la “ruta de los
bares”, es la de los dinosaurios, la del idolo de Chillarón,
la de los dados romanos, la de Catibelo, la del diptico bizantino,
la del tenebrario, la de las alfombras de nudo turco o español,
la del báculo de San Julián, la de las cajas de
cerillas de rueda, la de la sala blanca con sus móviles
y sus “cuatro cuadros de la misma naturaleza” y la
de la ermita de San Isidro, cementerio e isla de San Barandán;
mi Cuenca favorita no es la de los atascos de coches, sino la
de los paseos solitarios, o acompañado, por arriba o por
debajo de Palomera, donde destaca una señal única:
¡gente paseando!; mi Cuenca favorira es la de toda la Semana
Santa y el día que salgo con mis hijos en mi Paso; mi Cuenca
favorita no fue nunca El Ofensiva, sino El Banzo y la revista
Moaxaja y el cultural del día de Florencio Martinez...;
mi Cuenca favorita es la que consume como única droga la
musica del recien estrenado Auditorio o la de la Banca Municipal
en las tardes veraniegas del Parque San Julián o la del
futuro que hace Antonio Alcazar, con las ondas Martenot y la electroacústica...
Decia Rilque que nuestra patria es nuestra infancia, pero Boadella
dice que “ser de aquí o allá es un mero accidente
sexual”. Quizás, Cuenca no sea mi patria, pero es
una ciudad en la que me siento a gusto. Me parece , además,
después de haber visitado muchas otras del mundo, que aunque
no sea tan única como el tópico dice es mucho más
que otras amada por poetas o por artistas, aunque tan maltratados
sean aquí y mucho dice en su favor.
Si tiviese que reunir en una imagen porque Cuenca debe ser declarada
Ciudad Patrimonio de la Humanidad sería la de un atardecer
o amanecer, asomado a los múltiples balcones naturales
que la ciudad posee y contemplar desde allí la Hoz de Huecar,
con sus viejas huertas en terraza en las que se alinean en perfectas
“tablas” los mejores monumentos conquenses: pepinos,
tomates, lechugas, judías verdes, patatas, calabacines,
flores, verdadero Patrimonio y tesoro de la Humanidad, que seguirán
siendo cultivados con amor por jardineros galácticos cuando
Cuenca vuelva a no ser Cuenca.
A lo mejor tenía razón Saura, cuando hace cinco
años que escribía en el País un artículo
replicando la aparición de un libro que situaba el Edén
en Santander; con plena ironía defendía Saura que
el Paraíso Terrenal sólo podía estar en Cuenca,
con los dos ríos rodeando la ciudad:
“Y plantó el Señor un jardín donde
colocó al hombre que había formado. El señor
hizo brotar de la tierra toda clase de árboles de hermoso
aspecto y de frutos buenos para comer y en el medio del jardín
el árbol de la Vida, y el Árbol del conocimiento
del Bien y del mal. Del Edén salían los ríos
que regaban el jardín....”el Jucar y el Huecar.
(Genesis 2.8).
Santiago
Palomero Plaza.
Conservador del Museo Sefardí de Toledo.
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