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CONVERSACIONES
TOLEDANAS
Paseando
el otro día por Zocodover, escuché esta conversación
entre il Signore Maquiavelo y el alférez provisional Remolina:
-Hermosa ciudad, diantre -dijo Maquiavelo tragando el último
resto de la súperMac que había comprado en el MacDonald
de al lado. -Imagino que no debe ser fácil la gestión
de una ciudad así. Medieval por añadidura.
-Y que lo diga Su Excelencia -dijo Remolina con gesto de preocupación
e hincando el diente a su súperMac. -Imagínese el
trabajo que nos da esta ciudad. ¡Y todavía hay algunos
que se quejan!
-Incomprensible. -dijo il Signore, entrando en la calle Ancha
y siendo atropellado, sucesivamente, por el trenecito, un par
de taxis y tres camiones de reparto.
-Figúrese -dijo el alférez Remolina- que hay contribuyentes
que todavía se quejan del tráfico, incluso en esta
calle, que es la única peatonal que tenemos. ¿Qué le
parece?
Il Signore Maquiavelo pronunció una frase ininteligible,
no se sabe si porque estaba insultando a la madre del último
conductor de reparto o porque se había atragantado con
la súperMac.
-Admirado me tiene, señor alférez. ¿Y qué
hacen aquí para tener a raya el problema del tráfico?
-Casi nada -dijo Remolina. Y luego, tras pensar un poco, añadió
-. De hecho, nada. El brigadier Wolksvagen se encarga del asunto.
Por supuesto, como tiene muchísimas cosas que hacer nunca
puede pensar en eso.
-Por supuesto -dijo Maquiavelo escupiendo un incisivo.
-Aquí, realmente, lo que resulta un poco problemático
son los monumentos -dijo el alférez-, en especial porque
no hay manera de deshacerse de ellos. A veces tengo sueños,
¿sabe?
-Ya- dijo il Signore pisando una mierda canina.
-Evidentemente, desde que tenemos solucionado el problema de
la limpieza, ya sólo nos queda acabar con los monumentos.
El asunto de las mezquitas y las murallas es fácil.
-Comprendo -dijo Maquiavelo mientras se limpiaba las chinelas
con la servilleta de MacDonald.
-Es fácil porque, desde que sabemos que todas esas porquerías
las construyeron los terroristas de Al Qaeda, nadie se quejará cuando
las derribemos.
-Parece lógico. También he oído yo la noticia
de ese fenomenal descubrimiento.
-Nosotros hemos empezado por derribar el palacio de Eugenia de
Montijo -exclamó Remolina con orgullo.
-Estupendo. ¿Lo construyeron los mahometanos?
-No, que yo sepa. Pero por algo se empieza. También podríamos
derribar la catedral y hacer en su lugar un estupendo aparcamiento.
Ése es uno de mis sueños, pero la catedral es de
la Iglesia y ya se sabe. Lo que a mí me gustaría
es dedicarme a mis negocios. Ya sabe Su Excelencia, prosperar
en el partido y cosas así.
-Lástima -dijo Maquiavelo. -Lástima que exista
esa ley de las incompatibilidades o como se llame.
El alférez Remolina se detuvo y miró a Maquiavelo
asombrado.
-¿Incompatibilidades? Eso son paparruchas -dijo, dando
el último bocado a su súperMac. -Pero si en mi cargo
de alférez no hago otra cosa. ¿A Su Excelencia le
parece que esta ciudad podría empeorar?
-¡No!- gritó Maquiavelo cayéndose en una
zanja de Iberdrola.
-Pues eso, no sabe Su Excelencia el tiempo que me lleva hacer
que esta ciudad vaya cada vez peor -dijo Remolina solemnemente
mientras adoptaba una pose a lo Mussolini. -¿No cree Su
Excelencia que tengo una apostura gallarda?
-Gallarda, sí -dijo Maquiavelo saliendo de la zanja.
-¿Y una apostura de caudillo y gran emprendedor?
-Sí -reconoció il Signore escupiendo otro incisivo.
Y añadió: -Pero no olvide vuestra merced que sois
sólo alférez.
Remolina torció el gesto. Maquiavelo dijo:
-Y además provisional ...
El
Pobrecito oidor |
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